31/05/2017 Comarca del Noroeste, Moratalla, Región de Murcia

Rincón de las Cuevas: “ El Viaje Vertical”. Moratalla

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Crónica de la excursión realizada el pasado día 30 de abril  por Benizar.  “Descubriendo Moratalla”

Fotos de  Jesús Hernández Casas Rurales los 4 Vientos, Mercedes Rodríguez y Jesús Rodríguez

Enlace álbum de fotos, ruta por Benizar 30 de Abril 2017 “Viaje Vertical” :

https://goo.gl/photos/LHraj2qfx1DcKxk78

 

Último domingo del mes de abril. Suena el despertador temprano y saltamos de la cama con la alegría de quien sabe va a vivir un día especial. Nadie nos robará este mes…

Con las botas puestas y la mochila preparada, nos encontramos en Benizar con nuestros compañeros de ruta. Aquí, el domingo es día de mercado, eso unido a algún otro evento, llena este pequeño pueblo de gente que intenta transitar entre los puestos a medio montar en busca de aparcamiento. La mañana se presenta llena de luz, color y una agradable temperatura, y tras distribuir nuestras “monturas” por diversos lugares del pueblo, al fin comenzamos a caminar huyendo de la algarabía de las calles… Hoy visitaremos una de las catedrales pétreas de nuestro municipio. Un lugar, donde las figuras creadas por la madre natura, despertaron en nuestros homínidos cerebros una imaginación abierta a los sueños, leyendas, dioses… donde creímos sentir la presencia “de lo sagrado”.

Hoy, nos convertiremos en rastreadores de sentimientos… ¿conseguiremos conectar con la magia del Rincón de las Cuevas, como lo hicieron nuestros ancestros? La pregunta quedará resuelta al final de la jornada… Seguimos el curso de agua que mana desde la Fuente de Arriba, disfrutando de la torrentera que saltarina y bulliciosa corre en rápido descenso.

El agua no baja sola, la acompaña una cerrada vegetación de ribera, entre la que destaca la presencia de los brillantes ranúnculos, haciendo gala de su nombre en inglés: “tazas de mantequilla”. El final del invierno y el inicio de la primavera de este año, trajeron nieves y lluvias de las que comenzamos a ver los resultados en forma de floración, exuberante, en todas sus formas y colores.

Especialmente en el entorno de este macizo mioceno, las surgencias de agua que se escapan de su “esponja” son constantes… saltamos de un torrente a otro, ahora remontando el caudaloso barranco que nos lleva hasta el Rincón de las Cuevas. Lugar de belleza imperturbable, enseguida nos seduce con su sola presencia. Allí, “sientes tu fragilidad”, como cantó Antonio Vega… pero a la vez, te sientes fuerte, porque si tu imaginación se desata… formas parte de todo y del todo. Silenciamos nuestras voces, para escuchar otras, las de las numerosas aves que pueblan este pequeño rincón moratallero. Aves que viven allí durante todo el año, y que reciben a las que acaban de llegar desde la lejana África en la denodada lucha por la supervivencia de su especie. Trinos y reclamos de cortejo, son signo de la fertilidad que genera la llegada de la primavera.

En unos meses, este pequeño rincón se llenará de la vida que se está comenzando a gestar en estos días. Las paredes calizas en su cruda verticalidad, dan cobijo a muchas de ellas, pero también son el insigne macetero de importantes endemismos botánicos, como el Dragoncillo de Roca. Un pequeño rincón que atesora una gran biodiversidad botánica y faunística, a la altura de cualquier otro lugar de la Península… aquí, perdido entre las sierras del noroeste murciano.

La rotundidad del paisaje, desde luego no puede dejar indiferente a ningún visitante, ni actual, ni pretérito. Es fácil entender por qué lo convirtieron en su refugio, acaso santuario. Caminamos bajo el danzar de las chovas piquirrojas, que juegan en el aire a varios metros sobre nuestras cabezas, trazando piruetas imposibles, en busca de la senda que nos llevará hasta la Pilica del Fraile. Ahora nos toca sudar un poco, porque ascendemos por las faldas de los cenajos, con el ojo puesto en un saliente diagonal que serpentea por la pared, el cual será nuestro “ascensor”.

Es tal el verdor que nos rodea, y tan bello el paisaje en el que nos encontramos inmersos, que sin apenas notarlo hemos llegado al impresionante abrigo donde descansa “el fraile”, la gran estalagmita que ha ido formándose con la inmensa paciencia que sólo la geología es capaz de demostrar. La sucesión hasta el infinito de gotitas de agua que han decantado el residuo sólido suficiente para formar esta mole de roca, hace que, desde luego, la veamos con otros ojos si pensamos en por que está allí…  la nieve, liberada de su solidez, corriendo libre, atravesando las totémicas rocas formadas hace millones de años, manando en tímidas gotitas desde su interior… ¿Habrá atrapado el líquido elemento la sabiduría de tantos años sobre el planeta? ¿Será ésta un agua especial acaso? Quizás, son preguntas que nos hicimos hace milenios, quizás sea la sacralidad que vinimos buscando.

Lo sea o no, nuestro pequeño grupo humano, visto desde la distancia en la boca del abrigo, recrea tal vez una imagen, vista por estos cenajos en su infinita paciencia cientos de veces, quizás estemos recreando, despertando algo en el lugar, esa presencia que sin duda siempre el ser humano busca, y buscará. Integrados absolutamente con este mágico paisaje, queremos saber más, así que retomamos nuestro camino, en busca de nuestro ascensor megalítico.

El espíritu se hace diminuto, cuando te plantas bajo la verticalidad de la pared, y te planteas el ascenso… pero allí está, un antiguo paso de rocas, colocadas por otras manos humanas, tan perfectamente que aún algunas conservan su posición original, llamándonos ansiosas de ser nuevamente utilizadas. Nos tomamos nuestro tiempo, y pedimos permiso para el ascenso, buscando los restos de pinturas de estilo esquemático que “alguien” pintó allí, no sabemos con qué fin, pero que hoy a nosotros, al contemplarlas nos sirven de canal imaginario de conexión con quién las realizó, nuestra propia y muy adaptada “teoría de cuerdas”.

Una última mirada a las vistas desde el aprisco, y entramos en modo “salamanquesa”, para ascender por el empinado paso. En realidad, es más sencillo de lo que parece cuando lo miras desde abajo, pero hay que poner todos los sentidos en cada paso, para conseguir llegar arriba tranquilamente. Uno a uno, vamos apareciendo en lo más elevado del cenajo, desde donde disfrutamos de una panorámica muy distinta de la que teníamos en el fondo del pequeño valle.

Elegir en este caso un adjetivo para describirlo, no es fácil, así que voy a dejar que cada uno de los que estuvimos allí, lo elija en su recuerdo… atalaya a pie de nube, decidimos almorzar ante el espectáculo que nos ganamos por nuestro arrojo. El sol, nos regalaba una temperatura perfecta, y al terminar de coger fuerzas, continuamos por el bosque de gamones, espigados y tan densos que en ocasiones teníamos que elegir bien nuestro paso para no pisotearlos. El paseo por el tejado de la mole, nos colocó en la diaclasa sobre el abrigo que hacía sólo un rato habíamos visitado, encharcado el suelo aún en algunos sitios.

El agua, esperaba su turno para ser filtrada. Continuamos serpenteando por la exuberante vegetación, hasta colocarnos frente al Castillo de Benizar, momento en el que se nos unieron unos compañeros que jamás faltan a su cita con nuestras salidas: los buitres leonados. Varios planeos cercanos, nos dejaron boquiabiertos con su envergadura y prestancia, y aunque todos estábamos pendientes del cielo y los devaneos aéreos de nuestros buitres, aún alguien (Carmen), estuvo más que certero al localizar una hembra de sapo corredor, que fue debidamente retratada.

Una vez encontrado el paso que nos llevaba hasta las cuevas situadas sobre la Fuente de Arriba, iniciamos el escalonado descenso, sin perder de vista el Castillo que en todo momento nos estuvo vigilando, como le enseñaron a hacer desde su primer día sobre la atalaya donde lo colocaron. Vistamos las cuevas, una por una, maravillándonos de lo que la erosión ha tallado en la roca, y disfrutando de las vistas del castillo desde ellas. Pero aún nos quedaba una importante visita, que hizo que partiéramos en su busca sin demora.

Seguimos pues el descenso hacia la Fuente de Arriba, deseando encontrarnos con sus refrescantes aguas, y una vez saciada nuestra sed, buscamos otro mensaje grabado en este caso en piedra: una serie de petroglifos de difícil “traducción”, o imposible para los profanos como nosotros, pero que son una muestra de lo que significa perdurar a través de los siglos.

Sin los conocimientos que tenían aquellos que los tallaron, solo podemos admirarlos, y admirar su periplo. Fascinante su viaje, tanto como el que acabamos de realizar, nuestro “viaje vertical”. Bellas e interesantes estampas recogidas por nuestra memoria y nuestras cámaras.

Paseamos por último por las recoletas calles de Benizar, adornadas con flores y multitud de pequeños detalles por sus gentes, y terminamos por recoger nuestros coches para trasladarnos hasta el restaurante Casa Manuel en Otos, aldea cercana y hermana de Benizar; las comuniones y bodas han llenado los restaurantes locales. Es un buen conocido de nuestras excursiones, ya en otras ocasiones hemos tenido el placer de degustar sus ricos platos, y sabemos lo que nos espera: disfrutar en la mesa de las recetas y el arte culinario de la zona.

Nada más apropiado para redondear la jornada, que una mesa repleta de viandas caseras, con platos tan nobles como su sabor y su tradición. lomo de orza, oreja a la plancha, ensaladas, migas con tropezones y deliciosos postres caseros, saciaron el apetito abierto durante una mañana, en la que disfrutamos de uno de nuestros tesoros. El vino de la casa, con un punto de dulzor delicioso, fue la sazón de una cálida comida entre amigos, en la que comentamos lo vivido, y comenzamos a planear la próxima experiencia, unas damas nos esperan en lo más profundo del bosque…

Un día más en un rincón del paraíso… Moratalla.

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