13/11/2016 Comarca del Noroeste, Moratalla, Región de Murcia

“Otoño en el Campo de San Juan” por Cristina Sobrado

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Una estación comienza, el otoño, y Descubriendo Moratalla comienza temporada. Nos ponemos de nuevo en marcha para encontrarnos con él en su casa, donde siempre hemos sido bien recibidos. Pero el otoño ha cambiado, ya no es el que era…

Nos vemos como siempre a primera hora de una mañana de domingo que por fin se adivina fresca, más, a tenor de la temperatura de la que gozamos el pasado sábado. Así que, por primera vez desde la primavera sacamos la ropa de abrigo, que se agradece bajo la influencia de la umbría del Puntal de Carreño, desde donde comenzaremos nuestra caminata.

Descendemos en busca del río Alhárabe, por un bosque denso de pinos Rodenos, desde el que nos saludan madrugadores piquituertos y totovías, sorprendidos tal vez por nuestra presencia. La umbría y la influencia del río cercano, favorecen la proliferación de especies, que tal vez en un pasado cercano se desarrollasen en plenitud en esta ladera; Así, cuando aún no habíamos apenas andado, un ejemplar de Sabina albar se convierte en nuestra primera sorpresa de la jornada.

Ella es la representante de otras que a partir de ahora encontraremos escondidas entre el pinar de rodenos, pero no están solas. Por si no creíamos en el efecto de los microclimas dentro de algunos ambientes, se acompañan de un buen puñado de pinos laricios, que también forman parte del bosque desde aquí hasta la orilla del río. Y como sorpresa, dentro de la sorpresa, los laricios se engalanan con un compañero que es habitual en ellos, al menos en tierras moratalleras, el Muérdago.

Como lámparas vegetales, cuelgan varias plantas de las ramas de los pinos, con sus frutillos a punto para ser consumidos durante la época fría por los habitantes del bosque. Bolitas verdosas como pequeñas canicas de vidrio opaco, bajo las que nos besaremos en navidad para conservar a nuestro lado a la persona amada.

Continuamos nuestro camino, que nos lleva a salvar un pequeño barranco que recorre la ladera en vertical, húmedo, oscuro, y con un efecto tal sobre la temperatura, que el bajón es evidente en nuestras caras, aunque ni tan siquiera aflojemos el paso para permanecer por unos momentos en él… evidentemente, este tramo del camino no sería el mejor lugar para pernoctar en caso de necesidad, y ya no es sólo la vegetación la que nos lo indica.

Nos acercamos a la aldea de la Risca, cuando descubrimos algo que ya hemos detectado en los dos últimos otoños… cambios. El clima cambia, a pasos veloces, ya nadie puede negarlo, no hace falta concienzudos estudios científicos, sólo es necesario salir al campo y vivirlo en primera persona. Y es que no hace ni una hora que abandonamos nuestros coches, hemos andando cuesta abajo, casi sin esfuerzo, y al llegar junto al río, donde el frío debía ser un poco más intenso, el calor comienza a agobiarnos, dado que vamos con ropa de abrigo… ¿Dónde está el frío?

Paramos para desprendernos de nuestras chaquetas, y para observar las consecuencias que estas altas temperaturas tienen en la vegetación. Es en ese momento, que alguien del grupo, de aguda vista, detecta la presencia de Buitres leonados remontando las térmicas en los cenajos del Lanchar.

Ya no es sólo la falta de setas y hongos en nuestros paisajes, el desmán térmico provoca tal desquicie en las sensaciones que los chopos reciben, que, unido probablemente a la falta de agua, corta el proceso de pérdida de la hoja de manera radical en muchos de ellos.

Con apenas dos semanas desde que detectáramos el cambio de color, de verde a amarillo, han secado la hoja y la han tirado, sólo una parte de ellos, afortunadamente. Los bosques galería que acompañan a nuestro Alhárabe y a sus arroyos tributarios, los que ponen el color al otoño junto a Nogueras y Serbales entre otros, viven con incertidumbre un cambio de estación que les lanza mensajes inconexos… entra el otoño… no entra… y así, deciden acelerar un proceso que les salvará la vida durante el invierno.

Hasta hace pocos años, salvo que un viento huracanado tirase las hojas ya vencidas, al menos durante casi cuatro semanas o más los Chopos amarillos esperaban a otros caducifolios menos veloces en cambiar su hoja. Cuando la estación estaba en su plenitud, las doradas choperas se teñían del rojo de los Álamos bastardos y los Serbales que crecen a veces en los cauces, y del granate de las Sargas, pero este año, como el pasado, difícil será poder contemplar todos estos matices juntos.  Asistimos a momentos probablemente históricos en cuanto a los cambios medioambientales que veremos.

Nuestros ambientes cambian a la vez que lo hace el clima, el régimen de lluvia y las temperaturas. Unas especies desaparecerán de nuestros paisajes, y otras nos colonizarán desde tierras más calientes y secas que la nuestra. Son cambios que ya detectamos con el paso de pocos años, si somos observadores de los mensajes que la naturaleza transmite en sus gestos.

Con esos pensamientos en la cabeza, cruzamos un inexistente río para llegar a otro elemento en peligro de extinción, al igual que los bosques galería o que los Álamos bastardos… si no está extinto ya. En este caso se trata de un oficio, el de molinero. Y es que nos encontramos a las puertas del molino de la Risca, probablemente el último molino que estuvo en activo hasta época bien cercana en Moratalla. Sus propietarios, Juan y Pepa, amablemente consienten nuestra transgresión en sus pacíficas vidas, para mostrarnos orgullosos su oficio, y el esfuerzo de toda una vida, y de varias generaciones. Y es que, desde el inicio de nuestra andadura, ya como especie organizada en grupos humanos modernos, el grano convertido en harina, es lo que básicamente nos ha alimentado. Algo que, con el paso de los años y la modernidad de la globalización hemos olvidado.

En unos tiempos en los que hasta el gluten se vuelve en nuestra contra, la ingrata memoria de nuestra moderna sociedad, arrincona en el cajón del abandono lugares y oficios de gran relevancia en el pasado. No en vano, en el corto tramo de apenas tres kilómetros de río que hoy recorreremos, llegaron a construirse tres molinos más junto con el de la Risca, auténtico museo que sus propietarios conservan con el mismo amor que se le profesa a un hijo.

Representación además de un aprovechamiento totalmente sostenible y respetuoso con el medio. Valgan estas palabras y nuestra visita, como reconocimiento a una labor fundamental que jamás debería caer en el olvido, y para darles el protagonismo que merecen. Con la alegría renovada gracias a nuestros amables anfitriones, y con el potente “chipchop” de un Pico picapinos que parece observar nuestro paso, seguimos la senda “del dorado” … es el momento mágico del día.

El sol ya alto, se filtra por las amarillas copas de los Chopos, que elegantemente erguidos se empeñan en tocar las nubes con sus hojas, creando esos juegos de luces que tanto influyen en nuestro ánimo… y nosotros nos volvemos locos haciendo fotografías, en un intento de emular a Velázquez o Sorolla con nuestras modernas cámaras. Aunque no hay foto que pueda recoger los sentimientos y las sensaciones, el olor dulzón de las hojas en descomposición que pisamos, el rumor de la brisa en las copas de los árboles… Estos son los momentos que nuestro grupo de descubridores, cazadores de emociones, veníamos buscando.

Caminamos entre foto y foto, hasta un meandro del río donde seguiremos la senda que cada noche recorre un tejón con su familia. Las letrinas y huellas, son su “marca de la casa”. El sendero usado por maese tejón asciende desde el cauce del río, para alcanzar una singular vista de la aldea de la Risca con su serpenteante cinta dorada.

Las Encinas generosas en bellotas, nos conducen hasta el camino que nos lleva al cortijo de Capel. Desde su era, contemplamos como el Alhárabe se encañona, y nos incita a pensar nuestra próxima ruta… También vemos desde aquí lo que en tiempos fue el molino de Capel de abajo, donde nació y vivió la abuela de —-, que hoy nos acompaña y emocionada nos cuenta en persona las vivencias de su abuela en sus tiempos mozos. Remontamos ya de vuelta el río, ahora por su margen izquierda, bajo el planeo de un Buitre leonado que, fiel a su cita con nuestras excursiones, ha acabado por volar sobre nuestro grupo a modo de saludo. ¿Sabrá acaso que este grupo de humanos les quiere bien?

Eso nos gusta pensar… Bajo su atenta mirada, visitamos el vergel del molino de Los Tormos que, entre caótico y decadente, atesora en su “pequeña selva” el encanto de la imagen de un cuento de hadas. El sol ya casi en su cenit, incendia por completo las copas de los chopos, refulgentes ante nuestros ojos, cuando comenzamos el ascenso por la ladera que nos devolverá al punto del que partimos bien temprano.

El calor, impropio para la época, endurece un poco el final de la jornada, lo cual nos hace pensar en que es hora de disfrutar del lugar de otra manera. Que mejor que rematar una mañana de plena naturaleza, de emociones intensas, que con un plato que no por sencillo, deja de ser una delicia trabajado por las manos adecuadas, y es que nuestro homenaje a los molinos, no podía tener más fin que degustar un buen plato de migas que, acompañadas con otras delicias de nuestra gastronomía, nos espera en el local social de La Pava.

Así terminamos la jornada, con el primer día del cambio de hora, tras una reparadora comida, paseando por el entorno de La Pava, con la mejor compañía que se pueda desear, y con las luces del día que se apagan en el horizonte incendiando de nuevo las copas de los Chopos que vemos en la distancia… en un rinconcito del mundo lleno de magia, Moratalla.

Cristina Sobrado                                                                                                                                                                   Descubriendo Moratalla

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